Marta Aymerich: escuchar desde dentro

«Lo que yo pretendo es invitar a experimentar la vida desde un sentido profundo. A través de los sentidos vividos desde dentro hacia fuera, para reconectarnos con nuestra verdadera naturaleza».

Entrevista de Mercè Solé, Viladecans

Acaba de salir el sol. Interior de la pequeña capilla de San Gabriel, en el Santuario del Miracle, en Lérida, en medio de una naturaleza espléndida. Oscuridad absoluta solo atravesada por algunas velas encendidas. El grupo permanece en silencio. Comienzan a escucharse algunos sonidos. El oído se despierta: agua, algunos guijarros, el sonido suave de instrumentos de madera poco convencionales, percusión. Pausadamente, sin buscar el volumen. Comienzan a añadirse resonancias, sin pretensiones de afinación, que se van armonizando, provenientes de nuestro instrumento natural: la voz. A lo largo de estos instantes, el oído y la percepción se han afilado. Se respira calma y paz.

Así conocí a Marta Aymerich, que es quien condujo esta sesión de estimulación del oído. Por casualidad. Yo ayudaba en la hospedería de la Casa de Espiritualidad del Miracle y los organizadores del curso Natura & Espiritualitat, de la Universidad de Gerona, me invitaron a asistir a esta sesión, que se hacía allí. La experiencia me impresionó profundamente, hasta el punto de pedir a Marta esta entrevista, a pesar de que, en una revista dedicada a la liturgia, tal vez tocaría hablar de la música de nuestras celebraciones, del canto convertido en oración y de tantos y tantos aspectos, aciertos y dificultades que son relevantes en nuestra forma de rezar en las diversas comunidades.

Esta experiencia, sin embargo, viene a ser como una previa, como un contacto íntimo evocador de trascendencia que, de hecho, subyace en toda oración.

Hablamos con Marta Aymerich

Lo que yo pretendo es invitar a experimentar la vida desde un sentido profundo. A través de los sentidos vividos desde dentro hacia fuera, para reconectarnos con nuestra verdadera naturaleza.

Marta Aymerich

Cuando terminé la carrera de periodismo, con 22 años, fui al Japón, a Tokio. Y fue un impacto brutal, porque era una sociedad muy masificada y tecnológicamente muy avanzada. ¡Me sentía un poco robot!

Sin embargo, en contraste, encontré multitud de espacios donde la naturaleza era respetada, vivida y fuente de paz.

Una de las cosas que aprendí en Asia es que cuando tú les dices «limpia tu mente» para meditar, ellos se ponen la mano en el corazón. El cerebro no es la mente. La escucha se hace desde el interior, desde el corazón. Aprender a mirar desde dentro, a movernos desde dentro provoca cambios que conmueven y que ayudan a vivir en plenitud. Son experiencias. Y las experiencias no se olvidan.

La cultura oriental

Acabé viviendo más de un año en un monasterio, meditando en silencio profundo, en contacto con la naturaleza. Viví en Oriente casi diez años, me formé en medicina china, filosofía, movimiento, música, hasta que sentí la llamada a compartir en mi entorno todo lo que Oriente me había aportado. Por eso ahora estoy trabajando como terapeuta a través de la música, del chi kung, de la atención y sobre todo de la naturaleza. Un entrenamiento para la escucha profunda, que incluye todos los sentidos. Creo que la naturaleza es la gran maestra.

En realidad en Occidente también hay una gran tradición de música y de oración a través del canto. Pero ahora en nuestra vida cotidiana no cantamos nunca. Cantamos mucho menos que años atrás. El ámbito cristiano es de los pocos que se conservan. Con todo, cuando cantamos, tengo la sensación de que nos movemos en una especie de superficialidad inhibida.

No estamos acostumbrados a cantar y pensamos que necesitamos técnicas. Existen muchos grados de escucha. Pondré un ejemplo a partir del sentido de la vista. No es lo mismo ver que mirar, que observar, que contemplar y que sentirse contemplada. Son grados diferentes. Comienzas fijando tu atención en un punto, y acabas fundiéndote en la totalidad. Nuestra sociedad, debido a nuestra tendencia a dominarlo todo, hemos ido desarrollando un espíritu de investigación, de observación, de analítica, de detalle, pero hemos perdido la visión global.

Los matices de la música

Por lo que se refiere al canto, de pequeños, todos los niños cantan. Después sentimos que no cantamos correctamente y nos inhibimos. Pero existen muchas formas de hacer música. En Occidente nuestro sonido musical está temperado, es decir, dividido en notas muy precisas. Pero entre nota y nota existen muchos microtonos, matices, que nosotros tendemos a ignorar, pero que están muy presentes en las músicas más tradicionales.

Y en realidad cada nota aviva una serie de armónicos que a menudo no percibimos, pero que están. El sonido nos permite darnos cuenta de cómo instrumentos afines vibran por simpatía llegando con el tiempo a fusionarse. Desde la armonía, la música tiene una gran capacidad de arrastrarnos a la danza infinita hacia el unísono. Yo trabajo con el sonido, para hacerlo consciente. Se dice que solo puedes escuchar un sonido cuando lo has experimentado.

Cuando cantamos con otros, como queremos estar afinados con el grupo, empezamos a escuchar. Escuchamos y nos abrimos, y los armónicos comienzan a danzar y se genera una experiencia trascendente.

Marta Aymerich

¿Crees que la conexión con la naturaleza nos conduce a ser más nosotros mismos?

No solemos percibir el sonido de la naturaleza, que está continuamente cantando. La madre tierra, árboles, viento, ríos, pájaros, emiten armonías casi imperceptibles a veces. Cuando nos conectamos con la naturaleza, entrando en esta escucha desde el corazón, ella comienza a cantar para nosotros, nos «afina», nos reconcilia con nuestra naturaleza interna… La clave es de dónde lo hacemos. Se necesita una actitud de humildad. No se trata de «hacer deporte en la naturaleza», sino de escucharla profundamente.

Ahora mismo, estoy trabajando en una aplicación de móvil que se llama «Do» (que en japonés significa «camino de aprendizaje»), que nos ayude a percibir y a integrar la naturaleza de Km 0, la naturaleza que incluso los urbanitas tenemos a nuestro alcance. Está pensada para las personas que viven en la ciudad y que sufren los efectos de una cierta desconexión de la naturaleza. La naturaleza es como una brújula, que nos abre los caminos del corazón, y que nos equilibra mente-corazón-espíritu. Eso nos abre a una experiencia de la vida mucho más plena. Mucho más completa. Nos lleva al agradecimiento y a la sencillez.

Conectarnos con la naturaleza

¿Qué podemos hacer para conectarnos fácilmente con la naturaleza?

Con el confinamiento, el hecho de estar todos en casa nos ha obligado a mirar hacia el interior. Hay quien lo ha sufrido. Hay quien lo ha disfrutado. Lo que yo propondría a los que vivimos en la ciudad, que tenemos difícil ir a escuchar un río o el mar, es escuchar el agua en casa.

Una posibilidad sería tomar en casa un cuenco un poco ancho, porque amplifica el sonido con un efecto «cueva». Ponemos en él un poco de agua. Y jugamos con el agua. Cerramos los ojos y escuchamos el sonido de las gotitas que dejamos caer. O bien jugamos con una esponja. Es una forma de ir sintiendo cómo estas gotas nos afectan. Llegará un momento, si nos damos un poco de tiempo, en que escucharemos los sonidos de otro modo. Podemos jugar también con el agua en movimiento. Sacudiendo lentamente una botella pequeña, oiremos un sonido parecido a la lluvia. Con una botella grande, la sensación será otra.

En tiempos de incertidumbre y de ansiedad, como las que nos provoca la situación que estamos viviendo, hacernos conscientes de nuestra capacidad de ser nosotros mismos y de conectarnos con el mundo nos abre una gran esperanza.

Marta Aymerich

Volvernos sensibles a la naturaleza, escuchar desde dentro, abrirnos a la presencia de los demás, unir nuestras voces y armonizarlas… Una aportación humana y universal que sin duda puede ayudarnos a vivir con autenticidad tanto las Bienaventuranzas como las celebraciones litúrgicas y que también es patrimonio de la tradición cristiana de muchas maneras: desde los Padres del Desierto, a la vida contemplativa o sencillamente a la conexión con la naturaleza que desprenden los evangelios. Todo puede sumar para contribuir a aquella actitud de participación activa de que hablaba el Concilio.

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