Liturgia y sentidos

En este número de Galilea.153 entraremos en la contradicción de explicar en palabras lo que es experiencia… porque los sentidos, por definición, solo pueden experimentarse.

M. Àngels Termes, editorial del núm. 14 de Galilea.153 «Dios en los sentidos»

Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma,
y con toda tu mente

(Mateo 22,37)

El padre José Aldazábal decía que la liturgia debería distinguirse por un lenguaje expresivo, no solo de ideas y palabras y cantos, sino también de lo que no es verbal. E invitaba a celebrar una liturgia en la que los cinco sentidos tuvieran un papel, donde entrara de lleno la corporeidad.

Este número de Galilea.153 lo dedicamos precisamente a Dios en relación con ellos, los cinco sentidos… y entraremos en la contradicción de explicar en palabras lo que es experiencia… porque los sentidos, por definición, solo pueden experimentarse.

José Carlos Bermejo reflexiona sobre el tocar (y no tocar) en la fragilidad, tema que aún vivimos de lleno por la pandemia de la Covid-19.

La vista que nos abre a la belleza es lo que nos explica el escultor Lau Feliu a partir de su experiencia al pensar su obra artística.

El oído es el sentido que desgrana Marta Aymerich respondiendo a las preguntas de la entrevista que le hace Mercè Solé.

Las hermanas clarisas de Viloví d’Onyar, una de las comunidades que elaboran las formas que distribuye el CPL, relacionan gusto y celebración litúrgica.

Mientras que María Esther Palma, desde la lejana Corea, nos habla del olfato y la oración.

A modo de recopilación, Lino Emilio Díez nos explica que, en la liturgia, los ritos y los signos son posibles mediante la sensorialidad con la que el ser humano experimenta el mundo y las relaciones.

Y como conclusión Dolores Aleixandre nos evoca la recuperación de los sentidos en la liturgia que en algún momento, quizá para contrarrestar el exceso, se habían perdido.

Termino con una reflexión personal. Al volver a las celebraciones presenciales, después de más de dos meses de confinamiento, me planteaba ir más allá de recuperar una rutina entre las muchas que han estado suspendidas este tiempo.

Y lo que me sale es que no puedo dejar de pedir a Cristo que me abra el oído para acoger el regalo de la Palabra que escucho cada domingo. Y que me abra los ojos para descubrirlo en el don del pan partido, pero también, y sobre todo, en el hambriento, el forastero, el enfermo, el preso, el desnudo… cuyo número, por desgracia, cada día aumenta.

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