Expresar con autenticidad qué significa la buena noticia

Mercè Solé, Viladecans
Vídeo: Marta Pons, Terrassa

Una tarde soleada de invierno, en la terraza de la rectoría de la parroquia de San Antonio Abad, en Vilanova i la Geltrú (Barcelona). Al fondo, como un decorado singular, el campanario, exento, de la parroquia y la fachada principal de una iglesia del siglo XVIII que, curiosamente, está girada de espaldas a la Rambla Principal de la ciudad. Este es el espacio escogido para mantener una conversación con Elisenda Almirall, una joven de 31 años que trabaja con el patrimonio cultural de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat.

¿De dónde proviene este interés por el arte?

Siempre me ha cautivado el mundo de las artes. Me gustaba especialmente la música y tocaba el piano y el violoncelo. Pero, a la hora de escoger mi futuro profesional, me decidí por estudiar la carrera de humanidades. Después, hice un máster de estudios comparativos de arte, literatura y pensamiento, que me llevó a profundizar en el concepto de belleza y el simbolismo. En este contexto acabé haciendo la tesina sobre el cruce entre la religión y el arte en nuestro mundo. Gracias a una beca de la Fundación Joan Maragall, pude ir a Roma a continuar mis estudios en la Universidad Gregoriana. La estancia en la ciudad me permitió conocer reflexiones y esfuerzos que se están haciendo desde la Iglesia para entrar en diálogo con la cultura y el arte y pude trabajar especialmente un proyecto sobre cómo transmitimos la Buena Noticia a través del arte contemporáneo en templos y en ermitas de Cataluña. Actualmente estoy finalizando el máster sobre arte y culto cristiano en San Anselmo de Roma, un lugar de gran tradición litúrgica.

La mayoría de iglesias, sin embargo, cuenta con una gran cantidad de obras pictóricas y de esculturas de siglos diversos que se acumulan y que a veces expresan mensajes casi contradictorios. ¿Qué papel tiene el arte en una iglesia? ¿Qué nos dice el Concilio Vaticano II, por ejemplo?

El Concilio dice que cualquier objeto que pongamos en nuestras iglesias debe ser noble, bello, pero no determina ningún estilo artístico. Este hecho obliga a una reflexión comunitaria sobre qué mensaje queremos transmitir y cómo queremos hacerlo. No se trata tanto de poner esta o aquella pieza, sino de que sea significativa y sea capaz de hacer visible lo invisible.

De hecho, cuando hablamos de arte, estamos tratando de muchas cosas: el espacio arquitectónico, la música, la orfebrería, la pintura, la escultura…

Estamos hablando de todo lo que afecta a los sentidos, incluyendo, por ejemplo, el incienso, que forma parte de los actos litúrgicos. Todo ello nos ayuda a establecer un diálogo con Dios. Son vías de apertura, caminos.

Intuyo que aunque en determinadas iglesias haya pinturas o esculturas de gran valor, no siempre nosotros estamos educados para valorarlas e, incluso, para que formen parte de nuestra forma de expresar la fe.

Hemos perdido un poco los referentes. Cada vez hay menos personas que conozcan la tradición cristiana, y nosotros estamos poco acostumbrados a explicar lo que tenemos y en lo que creemos.

Es fácil observar que cuando visitas un espacio sagrado recibes mucha información de los aspectos artísticos, pero muy poca o ninguna de la experiencia espiritual o explícitamente cristiana que hay detrás. Se produce una disociación.

Se están dando pasos hacia adelante. En Cataluña hay el programa Catalonia Sacra. En Roma surgió un movimiento que se llama pietre vive que ofrece, más allá de una visita turística, una explicación del significado de las piezas artísticas y del porqué de su emplazamiento. El acto finaliza con la oferta de una oración.

Las visitas turísticas habituales son una buena fuente de recursos económicos, pero esta otra visión ayuda a ver la función del arte y la relación que establecemos con él.

Hay iglesias en las que se acumula tanto arte en las ventanas, las esculturas, las capillas, que no queda ni un espacio vacío donde descansar la vista, donde vivir un cierto silencio. Puedes llegar a tener cinco representaciones de la Virgen cuando miras al presbiterio… Es un exceso, pero no sé muy bien cómo resolverlo. Nos encontramos con los dos extremos. Es decir, las iglesias que están vacías y las que están muy llenas de objetos. Y los dos confluyen en el hecho de que, a menudo, no se han pensado bien. Hay que analizar por qué pasa. En el caso de los espacios vacíos, es una de las opciones principales de la arquitectura actual y no podemos descartar que sea la reacción a la falta de concentración que todos sufrimos, fruto de las dinámicas de multitareas que vivimos. Por otra parte encontramos espacios con acumulación de imágenes en todos los rincones. En ambos casos haríamos bien en preguntarnos: ¿por qué tenemos esta virgen aquí?¿Cumple aquí su función? Sí o no. ¿Cómo podemos mejorar el espacio? Tal vez baste con reubicar las cosas para obtener una buena mejora. La comunidad debe hacer el esfuerzo de detenerse y discernir, prescindiendo
del «toda la vida se ha hecho así». La configuración del espacio ayuda a rezar cuando entras en la parroquia. No basta contratar a un artista, aunque sea buenísimo y seguramente carísimo. Primero es imprescindible pensar qué queremos conseguir y después ya veremos qué hay que hacer para conseguirlo.

Cuando miro las iglesias, veo muchos símbolos de difícil comprensión no solo para la gente que no tiene una sólida cultura cristiana, sino para muchos cristianos que tratamos de vivir hoy nuestra fe. Podemos encontrar muchas tallas de san Sebastián o de san Roque, pero ninguna referencia a lo que pasa en el mundo o a las bienaventuranzas. Para mí eso es una dificultad. Viendo el arte de otras épocas, te das cuenta de que lo que explican las imágenes del siglo IV sobre Jesús es muy distinto de lo que se explicará después en los siglos XV o XVI. En lugar de insistir en el nacimiento y en la muerte de Jesús, el arte más antiguo insiste en su vida. Y tiene una forma de expresar la resurrección de Jesús muy diferente a la posterior.

En los primeros siglos hay un punto muy vivencial. Nosotros también deberíamos expresar con autenticidad qué significa la Buena Noticia para nosotros y para nuestro mundo. Pero no debemos menospreciar la historia. Somos herederos de las caras de sufrimiento del Barroco y aún podemos aprovecharlas si somos capaces de explicarnos bien. No podemos eliminar este bagaje. Si encargamos una obra a un artista actual, debemos tener claro qué queremos expresar, establecer un diálogo sincero con el artista y partir de la interioridad de todos los implicados en el proceso de creación. Una imagen por sí sola no comunica nada si no hay vida. Los que nos han precedido son hijos de su momento y nosotros actualizamos y damos aliento a las obras que crearon orando ante ellas. Al mismo tiempo, una representación del dolor no siempre es símbolo de derrota. Por ejemplo, podemos ver a Moisés sufriendo, pero tras él hay una historia de aspiración a la libertad de su pueblo. Es cierto, sin embargo, que solemos poner el acento más en el Viernes Santo que en la Pascua y olvidamos que la Eucaristía es una gran fiesta pascual.

Ya para ir acabando, ¿qué debería tener una obra de arte sacro?

Que salga directamente del diálogo con Dios o con lo trascendente. Que realmente esté basada en la experiencia interior. Que sea vivencial. Que sea bella. La obra de arte sacro no puede ser algo meramente estético para llenar un espacio, sino que tiene un sentido por sí misma y debe abrir el camino al trascendente. Si una obra es realmente bella, nadie te reprochará que la hayas colocado allí. Cabe todo el arte y cualquier estilo y, en este sentido, incluso el arte abstracto, que a veces es de los que más cuesta entrar en él, si está creado desde el corazón, nos puede ayudar a ponernos en sintonía con lo sagrado.

Al escuchar lo que me dices he recordado aquella película de Pasolini, dedicada a Juan XXIII, que se llamaba La pasión según Mateo. A pesar de ser obra de una persona que se decía agnóstica, transmite muy bien el mensaje del Evangelio.

Yo motivaría a las comunidades a hacer autocrítica y las animaría a pensar, sin miedo, qué parroquia quieren, hacia donde quieren dirigirse, qué nos ayuda, no solo en el aspecto de las imágenes, también en el musical. ¿Cuál es la calidad de música que escuchamos en la iglesia? A veces escogemos una música determinada, solo porque es la más sencilla. Tú tienes el mensaje, crees que Cristo ha resucitado, esto es lo que quieres transmitir. La gracia es que a través del arte tienes la oportunidad de abrir múltiples puertas.

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