Simbolizar, como mujeres, las etapas importantes de la vida

El paso de la niñez a la adolescencia para una niña, ¿cómo la acompañamos como familia, como grupo, como colegio, como comunidad?

(Paula Depalma)

Hace unos días, con algunas madres del colegio de mis hijos, veíamos la necesidad de simbolizar el paso de la niñez a la preadolescencia. ¿Qué es lo que hace que una niña se transforme en mujer? ¿Cuáles son los rasgos característicos de esta etapa? ¿Cómo la acompañamos como familia, como grupo, como colegio, como comunidad? Veíamos la importancia de hacer signos y ritos para acompañar, reconocer y dar empuje a una nueva etapa de la vida. Tirando del hilo de la conversación, nos preguntamos por qué no simbolizar también el momento que estamos viviendo las mujeres adultas, o lo que viven nuestras madres, muchas de ellas ya cercanas a la ancianidad.

En principio, esto debería ocurrir de alguna manera en la celebración de los sacramentos. Los sacramentos, tal como los conocemos hoy, han tenido una larga historia en la que se fue definiendo su número (siete) y los momentos en los que era oportuno recibirlos. Así, aun primando la dimensión de la gracia que Dios nos ofrece, se han designado momentos especiales de la vida para marcarlos con el signo de los cristianos. Estos momentos son el nacimiento (bautismo), el paso de la niñez a la juventud (primera comunión), el paso de la juventud a la adultez (confirmación), la vida adulta (sacramentos de envío) y la enfermedad y el final de la vida (unción).
Es evidente que, si bien lo primordial es la acción de Dios, en la elección de estos momentos ha primado la dimensión antropológica. ¿Por qué entonces muchas mujeres consideran que necesitan otros símbolos y ritos que sean significativos para el momento que les toca vivir?
Personalmente creo que recuperar la fuerza antropológica es un desafío esencial para vivir a fondo los sacramentos o para reinventar creativamente otros ritos específicos. Y para ello hace falta explicitar, cada una de nosotras, lo que nos es significativo, encontrar la presencia de Dios en ello y traducirlo en lenguaje ritual. De lo contrario se pierde la fuerza existencial y, por ende, también la dimensión de gracia que las vivencias profundas reclaman. Y los ritos pueden volverse vacíos o poco significativos.
Esta dimensión más humana puede integrarse y coincidir con la dimensión más «divina» de las celebraciones cristianas. Pero, también, puede que sea oportuno descubrir otros ritos o celebraciones que recojan los momentos significativos y los transformen en tiempo oportuno para la acción de Dios.


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