Jep Alcalde: «La liturgia me hace vivir el Misterio»

La playa del Varador, delante de las casas del Callao, en Mataró, nos acoge un día soleado y ventoso. Jep nos acompaña, sobre su scooter, que le permite desplazarse a buen ritmo. Grabamos la entrevista en vídeo y él mismo se presenta:

Servidor, me llamo Josep M., pero todos me conocen como Jep. Tengo 53 años. Nací en Olot, pero hace muchos años que vivo en Mataró. Estoy felizmente casado con Montserrat y somos padres de dos hijos, Oriol y Pol. He trabajado de abogado durante casi 30 años y desde finales del 2016 tengo declarada la incapacidad permanente absoluta a causa de la esclerosis múltiple. En abril hará 12 años que la tengo diagnosticada, a pesar de que el primer brote surgió a los 17 o 19 años.

Y lo dice a renglón seguido y a su habitual gran velocidad, aunque viene bien preparado: «Desde que la esclerosis va dando sus pasos tranquilos y amables, ya no puedo fiarme de la memoria. Para no quedarme colgado en medio de una conversación, me he anotado un par de cosas».

Tú siempre has hecho una vida muy activa, aparte de tu trabajo como abogado…
He sido –soy– scout y ejerzo de voluntario. Que no pueda trabajar no significa que haya perdido las ganas de hacer cosas, a pesar de que la enfermedad me conlleva una vida en cierto sentido monótona. Cada día me levanto a la misma hora y me dedico principalmente a dos cosas: amar a Montserrat, mi mujer (¡muy fácil!), y cuidarme: voy a la piscina cada día, voy al hospital, sigo una dieta antiinflamatoria. Llevo una vida muy razonable, muy tranquila. Intento no estresarme ni estresar a nadie.

¿Y tu voluntariado?
Voy a la Universidad Albertiana de Barcelona. Es una entidad de pensamiento humanístico que me permite organizar actividades y disfrutar de ellas con mis compañeros. También estoy en Cristianisme segle XXI. Además de eso estudio teología, como oyente, con los salesianos. Voy, escucho, disfruto, pregunto… pero no me presento a exámenes.

Cuéntanos cómo fue lo de tu enfermedad.
Cuando me diagnosticaron –se van a cumplir pronto 12 años– descubrimos que el primer brote sucedió cuando era muy joven: perdí la visión, el tacto, la sensibilidad… Me recuperé, pero con el tiempo los síntomas han vuelto. Yo he seguido el proceso de duelo que sigue la gente cuando la vida, la providencia, las circunstancias, el azar, el Espíritu Santo… te regalan algo así. Empiezas con la negación y llega un punto en que te hundes del todo. Cuando levantas cabeza, ya no estás donde estabas antes. Yo he seguido un proceso de resiliencia, de fortalecerme, de ser una persona. Ahora me siento más amable, más tierno, más vulnerable, más sencillo, más capaz de admitir las propias limitaciones. Antes era un hombre de no perder el tiempo, de seguir las cosas al pie de la letra, y más siendo abogado. Ahora no: donde llego, llego. Amar y que me amen es lo fundamental.
Yo siento que a pesar de que las piernas me puedan fallar, no puedo pedir nada más a la vida. Mis hijos, Montserrat, también han acabado aceptando bien la enfermedad. Yo ya hace años que dejé de pelearme con ella. No hay nada que hacer, pero intento que esta vivencia sea lo más razonable posible por mi dignidad y la de los que me rodean, hasta el punto de intentar que la enfermedad y yo seamos buenos amigos. Intento no permitir que la enfermedad tenga la última palabra de mi vida. Con el apoyo del Espíritu Santo.

Los cristianos hablamos mucho de acoger, pero dejarse acoger, perder el control de la vida, debe de ser difícil. Siempre ponemos la máxima autonomía de las personas como meta. Pero hay quien, como la filósofa Begoña Román, pone el acento en la mutua interdependencia.
Cuesta aceptar que necesitas al otro. Dejarse amar conlleva una cura de humildad. Admitir que no llegas y que eres feliz no llegando. Caminamos junto a los demás desde la alegría y la estimación. No impide que llore en algunos momentos. Es un derecho que tenemos: llorar las circunstancias complejas de la vida. Primero pensé lo de ¿por qué me ha tocado a mí? Pero soy feliz con una existencia que me ha sido dada, sin ningún mérito. En la historia de la humanidad soy menos que un suspiro, pero aquí puedo disfrutar de la amistad y del amor.

Tú, que toda la vida habías tocado la guitarra en misa…
Eso sí que forma parte de las pérdidas difíciles de asumir. He tocado la guitarra desde los 14 años. Estudié guitarra clásica, solfeo y piano. Pero hace un par de años tenía en mi cabeza la nota que quería que sonara, y sabía cómo tenía que poner las manos para conseguir un determinado arpegio, pero no lo conseguía. Así que he dejado de tocarla. Antes participaba de la liturgia más activamente. Ahora lo hago de otra manera.

¿Cómo vives la liturgia?
De hecho, lo que es fundamental en mi vida es el Misterio. Antes, para cruzar un río inmenso y el mar necesitaba muchas piedras, ahora, con dos o tres tengo suficiente. No me hundo, porque me acompañan la familia, los amigos, el Espíritu, el Misterio. El Espíritu es esta convicción que me acompaña. La liturgia es expresión del Misterio, de la Encarnación de Dios.

¿Y el agradecimiento?
La experiencia de agradecimiento se ha intensificado con la enfermedad. Vamos por la vida con ciertas dosis de autosuficiencia, que quizá son necesarias para sobrevivir. Pero descubrir que la enfermedad y yo somos uno, y que para avanzar lo importante no es que vaya yo, sino que vayamos juntos, cambia la perspectiva. Tengo la certeza de que cuando tú me coges de la mano, detrás de tu gesto, está el Espíritu.
Sentirme cómodo con mi fragilidad, sabiendo que si todo va bien, cada día estaré peor, me hace mirar con más amabilidad mi existencia.

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