Laura Mor: El confinamiento y la Iglesia

El confinamiento ha puesto a prueba a la Iglesia.

Laura Mor, periodista, directora del portal Catalunya Religió

Mercè Solé, entrevista y fotos.

Durante los días de confinamiento la Iglesia se ha sentido perturbada: aparte de que la actividad pastoral se ha visto interrumpida, durante parte de la Cuaresma y hasta el final de la Pascua ha sido imposible celebrar de forma presencial la Eucaristía y, lo que es más grave, la llamada a acompañar con nuestra presencia las situaciones de sufrimiento se ha visto imposibilitada y, por lo tanto, hemos vivido la paradoja de que el bien común requería permanecer en casa, que es justo lo contrario de lo que nos salía del corazón. Esta mezcolanza de frustración y de duelo ha comportado que desde numerosos espacios eclesiales haya brotado una gran creatividad a la hora de vivir comunitariamente la fe, de acompañar personas, de celebrar, de hacer catequesis… Aunque toda esta tarea ha permanecido muy invisible, porque la institución ha perdido visibilidad.

En este contexto, en Cataluña, vimos un documental excelente, La Iglesia confi-(N)ada. Ser cristiano en tiempos de coronavirus producido por Animaset y dirigido por la periodista Laura Mor, en el que se nos mostraba la lluvia de iniciativas que desde las familias, parroquias, comunidades, congregaciones religiosas, trataban de dar respuesta solidaria a la pandemia. Un signo de esperanza, no solo para sentirnos útiles, sino también como semilla de la Iglesia de futuro.

Conversamos sobre todo ello con Laura Mor, periodista y editora (y madre de familia, y coordinadora de la catequesis en su parroquia), que es directora del portal Catalunya Religió y también trabaja en la productora Animaset. Es, sin duda, una buena conocedora de la Iglesia, y no solo en tiempos de pandemia…

Existe un concepto del «P3 de la Teología» que es cuando en la catequesis se explica la diferencia entre la Iglesia en mayúscula y la iglesia en minúscula. Durante el confinamiento hemos vivido cómo la iglesia en minúscula, el templo, quedaba cerrada. Pero también cómo la Iglesia en mayúscula se ha mantenido bien abierta y activa, bien viva. Las «piedras vivas», conectadas con la sociedad, transforman y acompañan, y forman un núcleo que agrupa, fortalece y aporta sentido.

Cuando comenzamos el documental comentábamos con algunos amigos párrocos que quizás deberían someterse a una cura de narcisismo porque ¡tantas horas de vídeo y de exponernos a cámara acaba pasando factura! Pero lo cierto es que tampoco acaba de representar qué es la comunidad cristiana. Mucha gente, y muchos sacerdotes, han preferido hacer otra clase de pastoral porque creían que era necesario transmitir también la pluralidad de la comunidad.

La Iglesia conectada con su entorno

¿El talante de la comunidad ha marcado también la forma de relacionarse durante el confinamiento, tanto por lo que respecta a la propia comunidad como por lo que atañe a las relaciones con su entorno?

Ciertamente. Allí donde había red y conexión con el entorno, esto se ha podido cuidar. Donde había grupos de whatsapp de la comunidad cristiana, o el hábito de utilizar el correo electrónico, por ejemplo, la comunicación no se ha interrumpido. Parroquias que ya tenían una dinámica parroquial de trabajo en equipo, de compartir, de una cierta participación, han mantenido esta forma de hacer. En una crisis, nos situamos en el lugar donde hemos estado trabajando los últimos años y los últimos meses. En los lugares donde había un trabajo de equipo –el trabajo de equipo no se improvisa– se ha podido reaccionar más rápidamente. Claro que son muchos factores: desde el envejecimiento de la comunidad al acceso de las nuevas tecnologías. Pero lo más importante es la apertura, la disponibilidad, el saber escuchar y preocuparse.

¿Crees que tendrá repercusión en la forma de comunicar de comunidades y parroquias?

Sí. Yo creo que ha sido como hacer unos deberes que estaban pendientes. Quien se ha activado y ha salido fuera, a los medios de comunicación, aunque sea con dispositivos móviles o con mil recursos caseros, ha podido llegar a la gente en un momento en el que la gente no podía venir. Esta es la Iglesia en salida que tantas veces se proclama. ¿Qué medios le dedicamos? La comunicación es clave. Es fundamento de la vida y de la acción de los cristianos: anunciar, denunciar y también acompañar a la gente en su día a día con los medios de hoy.

El reto de la Iglesia es ir a la esencia

¿Cuáles son los retos de la Iglesia que se han puesto más de manifiesto?

Con la pandemia y como Iglesia, el reto es ir a la esencia, poderse liberar de todo lo que hace pesada la estructura, lo que se ha ido añadiendo y que no libera a la persona; todo lo que no hace visible que existen unas relaciones humanas de por medio, más allá de protocolos. Hay que detenerse y establecer un diálogo y un trabajo para ver qué es lo más importante; que eso sea compartido y que las comunidades vayan adelante desde esta perspectiva de priorizar la atención a las personas, el cuidado de los más vulnerables, y de caminar con ellos y ver cómo se les incluye y cómo participan. A veces parece que prestamos un servicio «a», como si esas personas fueran usuarias; pero no caminan «con» la Iglesia.

La Iglesia son estas personas que no cuentan a nivel político, que no figuran en estadísticas ni influyen en el PIB. La Iglesia debe tener un carácter muy distinto, acogedor, abierto, transformador, más social. En esencia, esto está muy relacionado con los proyectos para evitar el cambio climático, que son una llamada urgente e inaplazable de nuestra época. La pérdida de biodiversidad, la explotación del planeta, la emergencia climática afectan a la vida de personas muy humildes en lugares sin recursos. No podemos vivir así. ¿Qué vamos a dejar a las generaciones del futuro? Son cuestiones que se han ido trabajando con la Laudato si’, que ahora cumple cinco años.

Esta Iglesia que la pandemia nos ha mostrado es más auténtica, pero quizás menos visible, porque tiene menos protagonismo.

Más allá de que sea o no visible, la cuestión es que esté, porque forma parte de la identidad de los cristianos, en el ámbito de la oración, de la espiritualidad. Los servicios y la acción humanitaria son muy loables, pero acaso no acaban de llegar al núcleo si no se fundamentan en una fe original. Tal vez hemos sido invisibles, pero hemos rezado más que nunca. Estos días nuestros grupos de oración y de revisión de vida han sido diferentes: en la forma de abrirnos unos a otros, de empatizar, de mostrarnos tal como somos desde nuestra fragilidad.

En contextos de dificultad, la gente siempre va a la pregunta esencial, buscamos refugio y un lugar donde sabernos unidos. Nos sentimos en comunión: aunque no haya contacto físico, estamos conectados con una conciencia universal muy grande. Y eso es común a todas las religiones, que comparten esta visión global de dignidad humana. Todo pasa por el Espíritu, para mirar hacia dentro y sentir que este te conduce hacia fuera y que todo el mundo tiene el mismo valor como persona. En momentos de mucha prisa quien no se detiene a encontrar su centro, va como un pollo sin cabeza. Puedes correr, pero no tiene sentido. En esta sociedad que nos empuja a este sinsentido hay que parar y centrarse. Hacer un silencio interior en medio del ruido y entender que hay una estima universal, un qué de bondad en todas las personas y que desde aquí se puede construir nuestra red y mirar al futuro.

La participación es la base

¿Aprovecharemos esta experiencia como base para cambiar cosas o volveremos a la anterior normalidad?

La comodidad da estabilidad y tranquiliza. Siempre es más fácil poner la directa que contar con el otro y escucharlo. Hay en cambio quien tiene olfato para detectar capacidades y virtudes y para integrarlas al servicio de la comunidad. Yo creo mucho en saber leer en las personas a qué están llamadas, a recuperar vocaciones, en un sentido pedagógico, desde los más pequeños, que están construyendo su ser, a las personas que son adultas y pueden reorientar sus vidas. Teniendo presente qué es más importante para ti y dónde puedes ser más feliz. La participación hace a las comunidades más fuertes y más resilientes.

¿La potente imagen de la Iglesia vacía es una metáfora de nuestra Iglesia occidental?

Yo creo que hay que poder mantener un humanismo exigente, que significa incluir a personas que están a nuestro alrededor, que quizás no vengan a misa, pero que están dispuestas a colaborar en lo que convenga. Hay personas conscientes de que la Iglesia está vehiculando algo importante, pero todavía no participan de una liturgia, o no están formalmente vinculadas. Hay gente afín que no acaba de comprender nuestro lenguaje, pero sí nuestra forma de vivir. No creo que nuestra comunidad deba ser la de los mejores, sino la de todos. Y cada uno desde el lugar donde está y con su mochila, con sus virtudes y excelencias y con sus debilidades. A veces nos toca caminar junto a personas que huelen mal. A medida que vamos trabajando en ello nos abrimos a cambiar dinámicas que permitan acoger a las personas con una visión más abierta para construir esta Iglesia en mayúscula que está en el mundo y para hacer mejor el mundo. Esta es la misión.

La liturgia es fruto de la vida compartida y nos devuelve a la vida. Experimentar la ausencia de liturgia nos ha permitido sentir su sed.

En el caso de la liturgia es importante que el lenguaje y los códigos de transmisión sean comprendidos y compartidos por la gente, que puedan conectar con su experiencia. Celebrar solo para el propio beneficio y por un bien espiritual individual que no transforme no tienen ningún sentido. La espiritualidad debe ser más auténtica.

Nosotros hemos podido conocer el Evangelio y nos hemos beneficiado de él, pero tenemos una deuda con las generaciones de futuro. Si el Evangelio vale la pena para nosotros y nos lo creemos, si nos ha transformado y ha dado sentido a nuestras vidas, lo queremos para los demás, queremos comunicarlo. Es el sentido básico de la evangelización. Ello significa procurar transmitir una fe significativa para los que vendrán.

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