Estética bien pensada para celebrar

Contraportada de Galilea.153 marzo-abril 2020. Estética y liturgia, un lenguaje entendible.

Silvia Martínez Cano, Madrid

Muchas veces me pregunto, desde una mirada estética, sobre la preparación de las celebraciones comunitarias tanto eucarísticas como no sacramentales. Sin duda la presencia de elementos artísticos en nuestras celebraciones que favorezcan un lenguaje simbólico es fundamental. Pero un exceso de ellos es también contraproducente. Por eso es fundamental preguntarse ¿Qué símbolos? ¿Cuántos? ¿En que disposición? ¿Con qué mensaje? Estas preguntas hacen emerger tres cuestiones que voy a intentar presentar aquí para la reflexión.

Lo primero que me surge es que, en muchas ocasiones, cuando preparamos la liturgia, nos centramos solo en el mensaje, pero no en la forma en cómo se presenta ese mensaje. Dado el modelo social en el que vivimos, donde lo visual es una forma de comunicación (pues la gente ve más y lee menos), la estética es lenguaje instrumental para poder comprender la realidad. También la realidad de la experiencia religiosa grupal.

Hoy el contenedor es fundamental para poner al participante de la celebración en conexión con lo que celebra. Un objeto bonito en el centro y bien cuidado, un altar adornado con sencillez, unas velas bien ordenadas con algún valor simbólico para la comunidad… A la vez que se prepara los textos, las peticiones o las introducciones es necesario preparar la posición en el espacio de los objetos. El cómo se van a mover, quién lo va a hacer y de que manera se van a utilizar. Y diréis ¡eso ya está prescrito en nuestra liturgia!

Desconexión simbólica en la celebración

Esto me lleva a la segunda reflexión. La propia liturgia tradicional ya tiene de por sí gran cantidad de elementos simbólicos que, hoy, dificultan a veces la comprensión de la celebración. Lo hacen no porque no tengan sentido dentro de nuestras liturgias, sino porque pertenecen a un lenguaje estético que no es el de nuestro tiempo y se produce una desconexión simbólica entre la comunidad que celebra y los leguajes que utiliza.

Quizá una tarea urgente en nuestra estética litúrgica es localizar aquellos símbolos principales que son imprescindibles en nuestras celebraciones y descartar cuando sea necesario aquellos que generan «ruido». La máxima «menos es más» es muy recomendable para nuestro tiempo: una sola imagen que concentre el mensaje, un solo lugar, pero bien adornado y diferenciado del resto, para concentrar la atención, dos o tres gestos bien relacionados y en los que se participe, pocos objetos y pocos colores para no dispersar la mirada… estas elecciones optan por una simbología y una estética que favorezcan la comunicación, recuperándola como canal de expresión de la comunidad.

Esto me lleva a la tercera idea que quiero compartir. La necesidad de crear un lenguaje estético-simbólico propio en el que nos sintamos cómodos y en un territorio lingüístico conocido. Para que la estética sirva de canal y no de frontera. Cada comunidad es diferente, y genera su propio lenguaje. No todas las imágenes u objetos sirven para todos. Cada comunidad debe buscar aquella estética que expresa su fe. Y estas elecciones no deben depender solo del sacerdote, sino de los miembros de la comunidad, pues también la estética religiosa es lenguaje específico, contextualizado, inculturado del acontecimiento de Dios-con-nosotros.

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