Diecisiete parroquias y una sola comunidad

Entrevista a Chistian Burillo, párroco de una, la más occidental, de las 23 comunidades de parroquias del obispado de Perpiñán.

Mercè Solé, Viladecans
Vídeo: Marta Pons, Terrassa

Llegamos a Oceja, en la Cerdaña francesa, un lunes laborable. El Pirineo ya presenta su primera nevada y los colores del otoño lucen en un día radiante. Nos sorprende encontrar un solemne pasacalles. Las autoridades engalanadas, con una banda musical, desfilan por las calles: se celebra el 101 aniversario del fin de la primera Guerra Mundial. Una celebración que, por supuesto, nos pasa desapercibida al otro lado de la frontera.

Mosén Christian Burillo vive en la casa rectoral de Oceja, como párroco de una, la más occidental, de las 23 «comunidades de parroquias» de la diócesis de Perpiñán. Una comunidad que reúne 17 parroquias, en una zona rural y turística muy vinculada, por supuesto, con la Cerdaña española por su historia y también por su proximidad física, de forma que en invierno es más fácil para él llegar a Puigcerdá que a Prada de Conflent.

Mosén Christian, que es hijo de un exiliado español; nació cerca de Perpiñán, habla catalán, castellano y francés y mantiene la doble nacionalidad y se encuentra bien en las dos culturas. Era un trabajador del sector del automóvil cuando le propusieron formarse como diácono. «El Señor me estiró, dice, y acabé siendo sacerdote».

¿Cómo ha sido esta incorporación a la comunidad parroquial?

Llegué a Oceja hace unos cinco o seis años en mi primer destino como cura. Entonces vivían aquí dos sacerdotes, ya muy mayores. Uno de ellos murió y el otro se ha jubilado. Cuando me quedé solo, vi que teníamos que cambiar totalmente la forma de organizarnos. Porque yo iba corriendo todo el día de un lugar a otro y nunca tenía tiempo para estar con la gente ni para conocerla. Por tanto propuse hacer unos cambios que implicaban a todos: decir una única misa, que iría recorriendo por los distintos pueblos. Al principio, como es natural, encontré algunas resistencias, pero creo que ahora todos lo valoran positivamente, porque hemos crecido como comunidad y en conciencia de que la Iglesia la hacemos juntos. Solo podremos anunciar la palabra del Señor y vivirla como él nos manda, si vamos juntos.

Este crecimiento se manifiesta en el hecho de que ya no funcionamos tanto como capillitas: nos conocemos más, nos sentimos nuestra la realidad del vecino, nos ayudamos mutuamente.

Pero esto comporta una organización muy cuidada

Bien, en todas las parroquias hay carteles con los lugares y horas donde celebramos la misa. La gente de nuestros pueblos y también los turistas se han acostumbrado a consultar la página web, donde todo esto está expuesto (http://www.paroissescerdagnesaintroch.com/), y además… siempre nos queda el whatsapp, que es una forma muy asequible de comunicarnos.

¿Qué otras reorganizaciones habéis adoptado?

Tal vez la más significativa es la de los «equipos funerales». En nuestros pueblos, continúa muy vigente la demanda de exequias cristianas, aunque a veces las familias no son ya practicantes. Por tanto, una parte muy importante de mi trabajo como sacerdote era darle una respuesta, algo difícil porque no puedo estar en todas partes. Por eso decidimos formar un equipo de personas que se ocupen de la atención a los familiares de los difuntos. Todas ellas han recibido una formación específica del obispado, disponen de unos materiales prácticos que hemos elaborado y se van reuniendo para compartir aciertos y dificultades. Hay que decir que, en principio, pareció una novedad difícil de digerir, pero cuando la gente ha visto que lo hacían tan bien, todo el mundo ha acabado por aceptarlo.

¿La gente no lo puede vivir como entierros de primera y entierros de segunda, sobre todo en los pueblos pequeños?

No. En principio, cuando recibimos el aviso de alguien que ha muerto, el miembro del equipo que se ocupa visita a la familia, en casa o en el tanatorio, y hace una oración con ellos. Y de acuerdo con las características del difunto, prepara la celebración, lecturas y cantos, intentando que la gente se sienta reflejada en ella. Debo decir que lo hacen mejor que yo, porque los sacerdotes corremos el riesgo de caer en la rutina. Eso sí, siempre hacemos una bendición, nunca una Eucaristía. Si la gente quiere que oremos por su difunto en la Eucaristía, la invitamos a participar en ella el domingo, como un hecho comunitario. Y hemos tenido sorpresas agradables, en este sentido, de gente que ha seguido viniendo.

¿Cómo veláis por la participación litúrgica de la gente?

Intentamos que la gente esté presente de forma activa. Con los cantos, por ejemplo. En nuestra zona cuesta mucho encontrar buenos monitores de canto y sería muy difícil que pudiera salir una pequeña coral o un grupo de música. Cada año hacemos una pequeña publicación de los cantos que cantaremos durante este tiempo, para que la gente los tenga a mano. Cuando hay cantos nuevos, yo, durante las celebraciones, a través del móvil, pongo una versión cantada para dar seguridad, porque la gente canta mejor si puede encontrar apoyo en alguien que cante bien. A medida que veo que el canto se va aprendiendo, voy reduciendo el volumen de la canción. Es una forma sencilla de ayudarnos mutuamente a cantar.

¿Y los jóvenes?

Procuramos ir dándoles protagonismo. Es impensable pensar que hoy los jóvenes se quedarán sentados mientras nosotros les vamos explicando cosas. Son inquietos y necesitan participar activamente en todo. En misa, les propongo hacer alguna de las lecturas o servir al altar, con alba o sin ella. No hace mucho propuse a un jovencito que se está preparando para el bautismo si quería ayudarme en misa. Le dije que ya le iría indicando qué debía hacer y que no sufriera, que todos nos equivocamos. Lo hizo muy bien. Cuando al día siguiente se lo comenté a su madre, que tiene una tienda, me decía: «No habla de otra cosa desde ayer».

¿Cómo planteáis la catequesis?

Tenemos tres centros de catequesis, en las tres poblaciones más grandes (Oceja, Bourg-Madame y Sallagosa). Los niños empiezan muy pronto, con cinco o seis años. Después hacen la primera comunión y más tarde continúan hasta la confirmación. Después, a parte de las dificultades habituales, hay el hecho de que muchos jóvenes hacen el bachillerato en Font Romeu o continúan estudios superiores en Toulouse o en Barcelona. En Francia había la costumbre, un par de años después de la primera comunión, de hacer la «Comunión solemne», que en realidad consistía en hacer una profesión de fe. Lo mantenemos para las familias que lo desean, pero el acento lo ponemos en el sacramento.

¿Y el tema de la inmigración como lo vivís?

De hecho, con el mismo recelo e incluso odio que en todas partes, pero la verdad es que cuando conocemos la gente de cerca, estos recelos desaparecen. Cuando te encuentras con alguien a quien ves llorar, sufrir, que está olvidado por todos, la cosa cambia mucho. El inmigrante pasa a ser considerado una persona, un hermano, un hijo. Debo decir que he tenido la ocasión de acompañar a alguno que ha sufrido una enfermedad grave, hasta la muerte. Porque tanto yo como el sacerdote de Puigcerdá, mosén Josep Grau, intentamos estar tan presentes como podemos en el hospital de la comarca, que está en Puigcerdá, donde nuestro trabajo está bien valorado y donde a menudo nos hacen conocer a personas, de distintas confesiones, que agradecen que las escuchemos.

Por tanto, sois un buen equipo

Somos un equipo muy sencillo y no muy estructurado, porque somos pocos. A parte de la comunidad, sé que puedo contar con mosén Josep Grau y también con Carles Llopis, vecinos y hermanos. Carles se está preparando para ser diácono para nuestra Cerdaña. Dios nos ha concedido esta gracia: ser comunidad y encontrar personas que quieran trabajar para ella.

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