Lluc Torcal: contemplació i gestió respectuosa de la natura

«Una de las mejores maneras de conversión es a través de la gran virtud de la austeridad y la sobriedad»

M. Àngels Termes, entrevista

El P. Lluc Torcal es, desde 1995, monje del monasterio cisterciense de Santa María de Poblet, en la comarca de la Conca de Barberà, provincia de Tarragona. Fue prior entre los años 2007 y 2016, etapa en la que impulso un proceso, al mismo tiempo comunitario y personal, de conversión ecológica que nos explica, también, en esta entrevista.

Actualmente es Procurador de la Orden Cisterciense y vive en Roma. Mediante el correo electrónico nos ha respondido a las preguntas de esta entrevista, lo que le agradecemos profundamente. Físico de formación, su inquietud por la crisis ecológica la enmarca en la tradición monástica y el magisterio de la Iglesia.

¿Cómo se ha vinculado tradicionalmente la orden del Císter con la naturaleza?

El Císter, como reforma que es de la Regla de San Benito, convive con la naturaleza desde su inicio. Una de las voluntades iniciales de los monjes que iniciaron la aventura cisterciense era recuperar el trabajo manual, especialmente vinculado al mundo de la agricultura y la ganadería. De hecho, son famosas las granjas cistercienses, los campos y los pastos, así como otros elementos vinculados al mundo agrícola como los molinos, los graneros o los canales.

Pero, unido a este aspecto que revela una óptima gestión del entorno natural inspirado en la misma Regla de San Benito, «si es posible, el monasterio ha de construirse en un lugar que tenga todo lo necesario, es decir, agua, molino, huerto y los diversos oficios que se ejercitarán dentro de su recinto, para que los monjes no tengan necesidad de andar por fuera, pues en modo alguno les conviene a sus almas» (RB 66, 6-7), encontramos un aspecto más contemplativo de la naturaleza. Un aspecto por el cual la naturaleza se convierte en símbolo y elemento de acción de gracias por la obra creadora de Dios, según la bella imagen de san Bernardo: «Los árboles y las rocas os enseñarán cosas que no podríais escuchar en otros lugares» (Carta 106, párrafo 2).

¿Qué ha significado la encíclica Laudato si’ del papa Francisco para la Iglesia?

La encíclica ha introducido de lleno, en el pensamiento social de la Iglesia, el problema del cuidado de nuestra casa común, el problema de la ecología y de la crisis socioambiental que está viviendo esta humanidad de inicios del III milenio. Una crisis que, sin ambages, puede acabar fundamentalmente con la existencia y la presencia del género humano en el planeta Tierra, además de muchas otras especies.

Laudato si’ representa un nuevo elemento de la Doctrina social de la Iglesia y, por tanto, su contenido debe integrarse dentro del Magisterio de la Iglesia y no se puede calificar de opinión o de concesión a las modas del tiempo. Por esta razón, la Encíclica no trata simplemente del problema ecológico y ambiental desde una perspectiva teorética sino que está enfocada claramente a la acción a través de un proceso de conversión ecológica integral.

Las razones profundas del desastre ecológico que vivimos no pueden sino encontrarse en la violencia que hay en el corazón humano

Este proceso de conversión integral, sin embargo, precisamente por su alcance, no se queda en la inmediatez, sino que abre el corazón a una mirada contemplativa capaz de alabar a Dios por sus obras y trabajar por la curación de nuestra casa común, de nuestro planeta. Esta mirada, por tanto, ve el universo como un misterio que invita a descubrir un mensaje de armonía universal que evoca el misterio más profundo de la comunión y del destino común de toda la creación. Por esta razón, toda la vida cristiana, toda forma de vida cristiana, en virtud de la dimensión profética que le confiere el bautismo, está llamada a vivir bajo el signo de esta conversión integral que el Papa propone.

El Papa nos llama a una conversión ecológica integral. Si debemos convertirnos, ¿cómo definiría usted nuestro pecado ecológico? ¿Cuáles son sus raíces?

Sobre este punto el Papa es muy claro: las razones profundas del desastre ecológico que vivimos no pueden sino encontrarse en la violencia que hay en el corazón humano (cf. LS 2). Por eso, como apunta la pregunta, la respuesta a la crisis ecológica global pasa por la conversión a una ecología integral, es decir, una transformación hacia todo lo que es común y que como tal solo con la integración de lo que es común, puede empezar a resolverse. Esta ecología integral debe incluir en sí misma las dimensiones ambientales, evidentemente, pero también económicas, sociales, culturales, de la vida cotidiana… siempre en vista a obrar por el bien común, la única fuente capaz de alcanzar una justicia verdadera y perdurable.

Por eso, todo lo que contra esta dirección integradora de todas las dimensiones humanas, constituye el pecado ecológico, también nuestra indiferencia ante este problema. El Papa es especialmente duro ante la indiferencia de los cristianos, ante la alegre indiferencia que no es capaz de reconocer la gravedad del momento histórico que nos toca vivir. Y la necesidad que tenemos de reaccionar todos al mismo tiempo para afrontar uno de los problemas más grandes a los que nunca se haya enfrentado la humanidad: el de su propia supervivencia (cf. LS 59).

Y esto resulta todavía más agudo cuando la raíz de la crisis ecológica que vivimos es fundamentalmente humana: «No nos servirá describir los síntomas, si no reconocemos la raíz humana de la crisis ecológica. Hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla. ¿Por qué no podemos detenernos a pensarlo?» (LS 101).

Usted, en otras ocasiones, ha dicho que esta conversión tiene dos dimensiones: la de gestión y la de contemplación, ¿nos lo puede explicar?

En efecto, la relación de un cristiano con la naturaleza tiene dos componentes básicas: la contemplación y la gestión respetuosa, y para llevar a término una auténtica conversión ecológica integra, ambas componentes deben confluir en igualdad de condiciones. El libro del Génesis nos dice que la tierra nos ha sido dada para servirnos de ella y cuidarla. Servirnos de ella no es expoliarla: antes al contrario, implica gestionarla haciendo uso del don de la inteligencia y del estudio así como del esfuerzo del trabajo que permite obtener todos los recursos necesarios para la subsistencia del género humano en este planeta, siempre partiendo de la conciencia de que los recursos son finitos. Pero para poder gestionar sin egoísmos debemos mirar la naturaleza como un don de Dios para todos, es decir, mirarla contemplativamente: como regalo de Dios y como expresión suya, como epifanía de su amor y de su bondad para todos los hombres.

Con la aproximación contemplativa a la naturaleza activamos la caridad hacia Dios. Con la gestión inteligente e integral de la naturaleza activamos el amor al prójimo.

Dicho brevemente, con la aproximación contemplativa a la naturaleza activamos, para decirlo con una imagen contemporánea, la caridad hacia Dios, porque cada vez que desplegamos nuestro corazón contemplando la obra de la creación, lo que hacemos es amar a Dios por encima de todas las cosas. La gestión inteligente e integral de la naturaleza, en cambio, nos ayuda a activar el amor al prójimo, puesto que es gracias a esta gestión que podemos ser capaces de distribuir a todo el mundo todo lo que necesitan para vivir. Y ya sabemos que el amor a Dios y al prójimo están en el corazón del Evangelio…

¿Cómo deberíamos concretar esta conversión a nivel de comunidad cristiana y a nivel personal? ¿Qué ámbitos deberíamos tener en cuenta?

Los ámbitos de nuestra conversión están muy bien explicados en Laudato si’: la energía, la gestión del agua (definida como un derecho fundamental del hombre), los residuos, los alimentos, la movilidad, así como la organización de las ciudades, entre otros, son los elementos básicos con los que debemos repensar y rehacer nuestras relaciones. Para hacerlo, una de las mejores maneras que tenemos es a través de la gran virtud de la austeridad y la sobriedad: la reducción de nuestro consumo, la simplicidad de nuestro estilo de vida, la generosidad… en pocas palabras aquello del «menos es más», es nuestro mejor aliado.

Esto se puede concretar de mil maneras: tantas como situaciones humanas existen. Conviene siempre partir de tomar conciencia del problema. Después evaluar en las situaciones particulares de cada uno y de cada comunidad dónde nos encontramos en relación a esta toma de conciencia y, en base a todo ello, emprender las acciones necesarias más pertinentes para concretar, en nuestras circunstancias, la llamada a la conversión integral que pide el Papa. Eso es lo que hicimos en Poblet a partir del año 2007, anticipándonos a la Laudato si’.

¿Qué hicieron en Poblet?

Monasterio de Santa María de Poblet

El año 2007 tomamos conciencia que nuestra relación con el medio ambiente no era la mejor posible, ni desde el punto meramente ecológico, ni de acuerdo con los avisos de la comunidad científica, ni teniendo en cuenta nuestra tradición monástica o el mismo magisterio de la Iglesia. Por poner un ejemplo, ni nuestra gestión del agua ni la de la energía necesaria para la calefacción se podían calificar de ejemplares. En base a esta conciencia, iniciamos un proceso comunitario y personal al mismo tiempo de conversión ecológica que, además de producir un texto que fue aprobado por todos los monjes y monjas cistercienses de Cataluña, nos ha conducido a reducir nuestro consumo de agua en un 95%, a evitar la contaminación de las aguas residuales gracias, sobre todo, a las duchas que permiten lavarnos sin jabón.

Una de las mejores maneras de conversión es a través de la gran virtud de la austeridad y la sobriedad

También es fruto de este proceso, la renovación de los sistemas de calefacción del monasterio. Acción que hemos visto cómo desde su inicio hemos reducido muy considerablemente el consumo de gasóleo (casi al 75%) introduciendo sobre todo elementos aerotérmicos de producción de energía calorífica. También aún dentro del sector energético, las instalaciones de paneles fotovoltaicos y las placas solares han hecho reducir la dependencia energética de fuentes externas de origen fósil. Aún dentro de este campo, el cambio de gestor energético, ha supuesto un gran ahorro económico para la comunidad.

Esta conciencia nos dispone también a considerar los materiales y la planificación entera con los que hemos abordado las nuevas renovaciones o construcciones de espacios del Monasterio. Son un ejemplo de ello la tienda-recepción de Poblet, el nuevo Centro de visitantes o la restauración de las salas del Museo.

Pero esta conversión se extiende a otros muchos detalles: los jardines del Monasterio (renovados con plantas autóctonas, más resistentes a las condiciones ambientales de nuestro entorno inmediato), el huerto y las plantaciones de Poblet, la relación con el bosque de Poblet y el Paraje Natural de Interés Nacional que envuelve el cenobio cisterciense. También la reducción de la movilidad dentro del recinto monástico, la compra al mayor (capaz de reducir considerablemente los envases y los residuos consecuentes) y un largo etcétera de elementos. Ellos van encadenándose a este rosario a medida que uno se adentra en el proceso de conversión que el papa Francisco nos invita urgentemente a hacer.

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