¿Podrás perdonarme algún día?

(Galilea.153, Peio Sánchez)

Con Can you ever forgive me?, film reciente sobre una falsificadora que busca redención, introducimos esta reflexión sobre el perdón en el cine. Quizás el perdón y la espera en el más allá sean los dos rasgos antropológicos más radicales de la naturaleza humana. Propongo revisitar dos películas entre una inmensa gama de posibilidades.

Una historia verdadera (1999, David Lynch): camino de reconciliación

David Lynch bajo capa de surrealismo esconde a un humanista que se centra en lo pequeño y en las periferias. Un día leyó en un periódico que un anciano había recorrido 800 km en una máquina cortacésped para ir a ver a su hermano moribundo con el que estaba enfrentado. Los hermanos, en una historia tan antigua como Caín y Abel, se habían enfrentado y no se ven desde hace 10 años. Alvin decide hacer un viaje penitencial en busca de su hermano, mirando en la noche las estrellas y teniendo una serie de encuentros tan fortuitos como preciosos. Una joven embarazada huida de su casa, una familia hospitalaria, un cura en un cementerio, una mujer que mata un ciervo con su coche.

El tiempo es lento, la mirada es contemplativa, el itinerario es interior. A demás, ese camino solo se puede hacer lentamente, allanando los pliegues del alma. El final, memorable, no es un abrazo, sino ambos hermanos mirando al cielo estrellado. Cuando Alvin cuenta su historia al cura, en uno de esos encuentros inesperados, rodeados de sepulturas y cubiertos por un manto de estrellas, el ministro de Dios le dirá: «Y yo digo a todo eso amén». Una absolución encubierta pero con poder de gracia ya sanante. Y el encuentro es mucho más que solicitar el perdón, es volver a caminar juntos hacia más allá de la muerte.

Tres anuncios a las afueras (2018, Martin McDonagh): venciendo la ira

Mildred Hayes es un saco de ira. Han violado y asesinado a su hija adolescente y la policía no se esfuerza lo suficiente para encontrar al responsable. Por ello pone tres enormes vallas publicitarias a la entrada del pueblo denunciando al jefe de policía, un tipo bonachón que está entre la vida y la muerte. Tiene como ayudante a Dixon, un poli racista, duro y frustrado, marcado por la ira. Pronto se establece un duelo entre Mildred y Dixon.

El enfrentamiento se jalona de actos de violencia: peleas, cócteles Molotov, insultos y sujetos lanzados por la ventana. Solo dos luces y el final suponen el giro hacia el perdón. En una de las notas tras el suicidio dirigida al subalterno, el sheriff canceroso le dirá a su pupilo que deje el odio de lado y siga el amor. Un fondo que late para el final abierto. La otra es de una comicidad dramática entrañable.

Dixon ha lanzado por la ventana al publicista que ha alquilado las vallas a Mildred y la víctima yace entre escayolas en el hospital. Mildred provoca el incendio de la comisaría y Dixon es ingresado con graves quemaduras. Ambos son destinados a la misma habitación. Dixon tras los vendajes se muere de sed. Tras las dudas, el bueno del joven publicista renqueante acude en su ayuda para, a través de una pajita, ofrecerle un poco de agua. Por tanto, la víctima perdona, compadecido de su verdugo. Esta es la anticipación del final. En la última secuencia Mildred y Dixon van juntos en el coche, avanzan en busca del desconocido asesino, pero algo parecido a la reconciliación ya brota entre ellos.

Odio versus amor

Las heridas son reales. El dolor de la madre es inconmensurable, la frustración del policía se descubre tras su madre posesiva y enferma. La violencia brota en la naturalidad de la comedia. El círculo parece invencible. Pero el viejo y enfermo sheriff ha señalado la cuestión: odio versus amor. La elección de dar de beber al sediento enemigo es colocada como el centro del film, un acto desmesurado, milagroso y trascendente. Pero hace que el espectador se quede deseando ese destino de reconciliación para la buena de Mildred y el desnortado Dixon, ahora juntos en un viaje que ya ha comenzado.

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