Mujeres libres y felices

(Equipo de redacción de la revista Galilea.153)

No nos engañemos. Este es un tema delicado para tratar hoy dentro de la Iglesia. Delicado porque una de las transformaciones sociales más profundas del pasado siglo ha sido el protagonismo creciente de las mujeres, ganado a pulso en el día a día, mientras que el discurso oficial de nuestra institución eclesial en relación al papel de las mujeres apenas se ha movido de donde estaba, incluso después del Concilio. Y delicado también porque algunas de las reivindicaciones feministas más emblemáticas, sobre la sexualidad, el divorcio y el aborto han entrado en conflicto directo con el fondo de la doctrina católica, al menos tal como está formulada.
Como la redacción del CPL (M. Àngels, Toni, Quiteria, Maria y yo misma) somos así de atrevidos, hemos pensado que en este número, en lugar de entrevistar a alguna persona relevante, nos iría muy bien compartir reflexiones y propuestas, que aquí transmitimos.

¿En la Iglesia hay hombres que no aman a las mujeres?
Bien, además de su parecido con el del título de alguna novela negra de éxito, estamos seguros de que merecería la pena que toda la Iglesia proyectara una mirada limpia y amorosa sobre los roles sociales de hombres y mujeres, intentando entender las razones de fondo de la lucha. ¿Por qué no valorar en positivo, por ejemplo, los indudables avances de los hombres en la atención y cuidado de las personas? En un mundo que solo valora el éxito social y económico, ocuparse de los vulnerables de casa es visto como una carga, como una pérdida. Podemos ayudar a entender que acompañar a las personas es un bien evangélico: hace crecer en comunicación, en amor, en valoración de la fragilidad, en espiritualidad. Y que liberar a las mujeres de un rol de sumisión es también liberar a los hombres del rol de «macho alfa», con perdón de la expresión.
Sería una manera también de salir al paso de esta percepción, muy extendida, que entiende que en la vida de una persona laica Dios no está presente con tanta intensidad como en otras formas de vida. Sale en nuestra conversación la situación muy real de una vecina que cuida a una hija discapacitada, a un marido con Alzheimer y a una suegra muy anciana. Realizar estas tareas es sin duda vivir intensamente el amor de Dios, pero es visto por muchos como un «dedicarse al mundo» un poco devaluado y acompañado de la palabra «abnegación», que sigue considerando la atención a las personas como una pesada carga.
Conseguir algo más de empatía de la institución con las mujeres sin duda aportaría más credibilidad a la Iglesia y facilitaría un mejor diálogo en los temas más conflictivos.
«Las chicas buenas van al cielo… ¡y las malas a todas partes!»
Pues sí, tal como dice este eslogan feminista, debemos de ser más bien malas, porque constatamos que hay una gran presencia femenina en espacios públicos muy diversos: desde las entidades a la misma Iglesia. Otra cosa es el papel que las mujeres desempeñamos. Con todo, la visibilidad de la mujer y la progresiva distribución equitativa del poder nos ha cambiado la mirada, que automáticamente cuenta la proporción existente entre el número de hombres y de mujeres. Por eso los espacios donde una mayoría de miembros, o sencillamente un grupo de poder, mantiene un rostro únicamente masculino ya nos resultan chocantes y no nos comunican nada positivo.
Dentro de la Iglesia esto es muy notorio, porque los espacios donde se toman decisiones van asociados a tres ámbitos en los que las mujeres no estamos demasiado (o nada) presentes. En primer lugar, el conocimiento intelectual. «Doctores tiene la Iglesia», dicen. Pero de «doctoras mujeres» no hay muchas. En segundo lugar, la misma liturgia. Los ministros ordenados son hombres y la puerta para cuestionar esta limitación está cerrada. Y en tercer lugar, las decisiones últimas en materia pastoral, económica, comunitaria, etc. quedan depositadas en presbíteros y obispos.
¿Hay propuestas?
Tal vez no costaría demasiado, solo la voluntad de compensar una historia sesgada, que las facultades de teología hicieran el esfuerzo de facilitar el acceso a los estudios reglados de alto nivel a los laicos y laicas y de becarlos cuando convenga. Si los obispados becan a algunos sacerdotes para doctorarse en Roma, ¿no se podría hacer lo mismo con laicos y laicas? En cualquier caso, la formación a todos los niveles para hombres y mujeres debería ser un objetivo prioritario.
La actual situación de falta de sacerdotes, de dificultad para dar respuesta a las necesidades de las comunidades, tal vez justificaría una revisión del papel que tradicionalmente se ha reservado a presbíteros y diáconos, a partir de la eclesiología que propone el Concilio Vaticano II. Simplificar algunas estructuras, distribuir responsabilidades –a hombres y mujeres laicos– dentro de la comunidad podría favorecer que los ministros ordenados priorizaran con tranquilidad las tareas propias de su ministerio. Todo ello, no para dar «poder» a las mujeres, sino para garantizar calidad litúrgica, salida evangelizadora, atención a las periferias. Catequesis, grupos de Cáritas y de solidaridad, movimientos diversos, pastoral de la salud, equipos de liturgia, educación cristiana, son realidades eclesiales llenas de mujeres. ¿Por qué no contar con ellas a la hora de asumir delegaciones y responsabilidades diocesanas?
Y sobre las grandes decisiones en relación a la ordenación de presbíteros y diáconos, nuestra aportación solo pasa por pedir que se abra el abanico de reflexiones y discernimientos al conjunto del Pueblo de Dios y que se tengan en cuenta, junto a todas las consideraciones bíblicas, evangélicas, patrísticas y de la tradición, las consideraciones de la vida, de la antropología, de la historia y de las necesidades actuales. Para avanzar en la fraternidad y en la comunión que nos pide la misma fe.
Trabajemos, en definitiva, por una Iglesia donde las mujeres se sientan acogidas, queridas, valoradas, libres y felices.

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