Desterradas hijas de Eva: mujeres en el cristianismo primitivo

En el cristianismo primitivo la mujer tuvo protagonismo en las comunidades locales.

Ilustración de Ignasi Flores para el libro de Fernando Rivas Santa Olímpia. Noble cristiana y diaconisa. Colección Santos y Santas, CPL 2018

(Fernando Rivas Rebaque)

Se podría resumir el papel de las mujeres dentro del cristianismo primitivo en tres momentos: 1) protagonismo inicial (finales del siglo I), 2) progresiva domesticación (siglos II y mediados del III), y 3) paulatina exclusión y marginación (finales del siglo III en adelante).

1. Las mujeres participaron muy activamente en la vida del cristianismo inicial en sus diferentes dimensiones: liderazgo comunitario, protagonismo evangelizador, participación litúrgica, atención a los necesitados y otras muchas funciones, posibilitadas en gran medida por el hecho de que todo girase en torno a la casa –donde la mujer tenía un reconocido protagonismo–, la configuración del cristianismo como movimiento sectario (en el sentido sociológico del término: todos los miembros son iguales) y la importancia de atraer a aquellos sectores sociales más marginados socialmente. Figuras como María Magdalena podrían representar el modelo ideal a seguir.
2. Este protagonismo inicial, que tuvo su origen en la actitud de Jesús, chocaba frontalmente contra la sociedad patriarcal dominante, y muy pronto las mujeres fueron «invitadas» a recluirse en el ámbito doméstico y dejar para los varones las funciones sociales que les eran socialmente atribuidas: con la pata quebrada y en casa, como dice el refrán.
Este período de domesticación (en el doble sentido del término: reclusión en la casa, domus, y eliminación de los aspectos más contraculturales) supuso su exclusión del liderazgo comunitario (a partir de ahora only for men) y la reducción de sus funciones evangelizadora y litúrgica a la casa y las mujeres, mientras se mantenían y ampliaban las relacionadas con la ética del cuidado y, una novedad, la vida ascética y su testimonio martirial, donde la mujer cristiana mostraba el rostro amable de la Iglesia: sin duda una buena propaganda. Perpetua y Felicidad se transforman en ejemplos de mujer cristiana.
3. Las grandes crisis del siglo III posibilitaron el crecimiento de la Iglesia, pero uno de los peajes a pagar fue la progresiva marginación de la mujer a los espacios domésticos: desaparecido el liderazgo comunitario y evangelizador, en vías de extinción el litúrgico, las mujeres mostraban su protagonismo en el campo ascético, el cuidado de la familia y, si eran ricas o poderosas, la donación de bienes y favores, en todos los casos bajo la tutela o control de un varón (si era eclesiástico, mejor). Mujeres como Melania la Anciana y la Joven, Olimpia, Paula o Marcela son algunas de sus representantes más preclaras.
Y a partir de aquí, repetición de las jugadas menos interesantes, uniéndose la exclusión a la marginación anterior, desterradas ya de ese breve y efímero protagonismo inicial, sin el final feliz de muchas películas (si podéis ver Roma, altamente aconsejable).

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