Una mujer que camina

(M. Àngels Termes, editorial núm. 6)

A menudo, mirando el telediario, pienso en la suerte que he tenido al nacer en el siglo XX y en un país occidental. Porque las noticias de la situación de la mujer en muchos países en estos momentos, sencillamente, estremecen. Y también, por poca historia que se sepa, ves que tiempo atrás aquí también pasaba más o menos lo mismo.
Si miro a mi familia, y solo desde el punto de vista de la cultura, observo la evolución:

Mi abuela era analfabeta y mi madre justo sabía leer y escribir y sumar y restar. En las mismas condiciones, mi abuelo y mi padre, que eran de clase trabajadora, tenían estudios primarios y podían trabajar en las oficinas de la fábrica, mientras las mujeres lo hacían en los telares.
Mis hermanas, 10 y 5 años mayores que yo, estudiaron hasta cuarto de bachillerato y reválida, a la vez que se preparaban para poder entrar a trabajar en una oficina. Yo ya pude estudiar más. Las condiciones ambientales lo favorecían. Y a los 17 años empecé la universidad y a trabajar. ¡Todo un lujo! A los 14 años las chicas ya trabajaban. A mi hermana mayor también le hubiera gustado estudiar, pero el ambiente no lo favoreció. Le faltaron los 10 años que yo ya tuve.
Ahora su nieta de 12 años hace sexto de primaria y estudia música y piano. Creo que es un salto cualitativo.
Pero esta evolución que observo en mi familia no alcanza a todas las mujeres. Hace unos años hice alfabetización a inmigrantes musulmanas. Se trataba de enseñarles catalán o castellano, con el cambio de alfabeto que suponía. Recuerdo dos hechos que me impactaron: chicas marroquíes totalmente analfabetas, también en su lengua materna, una variante del árabe; y mujeres paquistaníes invisibles, sencillamente no salían de casa y no aparecían por la asociación.
Para terminar me fijo en la cultura religiosa. En Barcelona, hace poco se han celebrado los 50 años de la Facultad de Teología. Antes, los estudios teológicos se hacían en el seminario y, por tanto, quedaban reservados a los hombres futuros sacerdotes. Que los estudios se hayan abierto a laicos y laicas ha sido un paso fundamental. Hace 60 años era totalmente impensable pensar en una mujer doctora en teología. Ahora hay más de una y más de dos.
Mi abuela decía que no se quería morir nunca porque cada día descubría cosas nuevas. Tal vez, dentro de 60 años, se verán realidades ahora totalmente impensables.


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