La Eucaristía, misterio de comunión

(Joan-Enric Vives, arzobispo-obispo de Urgel) Muchas veces cuando empiezo la celebración eucarística en una parroquia de mi diócesis, y especialmente en las pequeñas parroquias del Pirineo, siempre les ofrezco un breve pensamiento para que se percaten de que aquella celebración que cada domingo alimenta y celebra nuestra fe, en la que podría parecer que somos pocos y que estamos aislados, de hecho nos une con toda nuestra diócesis, y nos une a la Iglesia universal, la de la tierra y la del cielo, para hacer realidad nuestra comunión de hijos con Dios, y entre nosotros. Es un misterio de presencias y de comunión muy bonito, si conseguimos vivirlo, ayudados de la imaginación activa que es la oración, como enseña el obispo y teólogo Teodoro de Mopsuestia (350-428): «Nos hemos de representar interiormente, con la imaginación, que estamos en el cielo». En este mismo momento, en este domingo –les digo–, todos los cristianos del mundo nos estamos reuniendo para celebrar con gozo el domingo, el día de la Resurrección. Sea en una gran catedral de Europa, o en una residencia de ancianos de América, en una pobre iglesia rural de África, en un centro penitenciario de Australia o en un modesto local de Asia… somos la Iglesia santa, que alaba a su Señor porque ha resucitado y le envía el Espíritu Santo.
La Eucaristía dominical es el don más grande que nos ha hecho el Señor. Uno puede regalar cosas, o parte de su tiempo o de su vida… pero no hay amor más grande que el que da todo lo que uno es y tiene y puede. Y esto hizo el Señor en la última cena, se nos dio como alimento de vida eterna. Por el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre nos hace uno con él, como un cuerpo que está unido a su Cabeza que lo vivifica y santifica.
Estamos llamados a vivir y a ayudar a vivir esta comunión misteriosa con toda la Iglesia diocesana, las parroquias y todo el Pueblo de Dios. Todos unidos por un mismo altar y escuchando la misma Palabra de Dios, unidos por un mismo sucesor de los apóstoles, el obispo, con su presbiterio. Sentimos en nuestro interior que la Iglesia universal está con nosotros y nosotros con ella, presididos por el servicio del Papa, sucesor de Pedro, garante de la unidad. Con todos los hermanos del mundo, con sus oraciones y sacrificios, servicios y dificultades. Y abrimos la comunión a la Iglesia celestial, porque todos los santos y santas de Dios, con María, la Madre del Señor la primera, nos acogen y vienen a alabar al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. Toda la santa Iglesia se reúne en nuestra humilde celebración que es «el cielo en la tierra», comunión con la liturgia celestial.

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