Educar en el silencio

(Marta Digón e Hilario Ibáñez) Cada día se percibe más la necesidad de silencio. Va cayendo, poco a poco, la percepción del silencio como inacción y pérdida de tiempo, y se empieza a sentir ese deseo profundo de detenerse, de mirar qué pasa y qué me pasa. A veces sucede que el exceso de ruido externo no es otra cosa que la ocultación del atronador sonido del silencio, que como deseo nace de la profundidad que somos.

Quien más quien menos se siente sometido a constantes inputs que le trasladan al mismo tiempo y sin solución de continuidad lo que ocurre a miles de kilómetros y en un grupo de whatsapp. Hay una urgencia exigida en acceder y responder a lo que aparece en pantalla.

La persona se percibe fragmentada, hecha de partes muy diversas y contradictorias, que le pueden sumir en estados de nerviosismo o ansiedad. Se necesita un lugar, un espacio, un ámbito que facilite serenidad y armonía.
Ese ámbito es el silencio, que permite reposar, filtrar y escoger lo más importante. Pero el silencio no tiene solo una dimensión funcional. El silencio es la posibilidad de conectar con uno mismo, de saber quién es, de acceder a lo grandioso que somos. Es el lugar de la contemplación y del permanecer callado porque, al conectar con la profundidad que somos, nos quedamos sin palabras.

Educar en el silencio se presenta como una necesidad de primer orden. ¿Cómo educarlo en la familia? Al igual que en la familia se aprende a comer, a dormir, o las normas básicas de convivencia, hemos de ir incorporando la necesidad de aprender a practicar silencio. Pero conscientes de que no es una enseñanza, sino una vivencia y ha de ser un aprendizaje común de adultos y niños, donde unos aprendan de los otros. Más bien es acompañar y vivenciar juntos.

En la familia hay que buscar lugares y momentos para educar en la admiración, para fomentar la escucha, sin móvil ni tele. Tal vez haya que incorporar en la casa un espacio para poder disfrutar, aunque solo sea por unos minutos, de silencio. Hay que aprovechar encuentros en la naturaleza o en viajes para caer en la cuenta de lo que sucede y ayudar a conectar con uno mismo.

Camí endins («Camino adentro») facilita encuentros de familias, en los que hay trabajo conjunto de adultos y niños. La experiencia siempre sorprende, porque tanto unos como otros se descubren experimentando juntos algo profundo.

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