Rosaura Rodrigo, el silencio habitado

(Entrevista: Mercè Solé, Vídeo: Marta Pons) El milenario monasterio de Sant Ponç, en Corbera de Llobregat acoge nuestro encuentro con Rosaura, recién llegada de Touggourt, en el desierto de Argelia, donde vivía con su comunidad de hermanitas de Jesús. En breve se incorporará a otra comunidad, en Francia.

Nací en este pequeño pueblo, cerca de Barcelona. Y viví una experiencia buena siendo joven, un encuentro con Jesús, el Evangelio, la fraternidad, que me condujo a comprometerme con esta congregación. Fue complicado. Tuve que marcharme de aquí, irme de Cataluña hacia Andalucía, después al País Vasco. Pero encontré un lugar precioso para vivir lo que yo quería. Quien fundó nuestra congregación fue la hermanita Magdeleine, que quiso vivir el encuentro con los pobres desde la espiritualidad que Carlos de Foucauld proponía. Nosotros realizamos tareas muy sencillas y vivimos en los barrios donde vive la gente que se encuentra más al margen de la Iglesia y de la sociedad para podernos encontrar a un mismo nivel. Por eso yo trabajé muchos años en una empresa de limpieza, en Málaga. Yo vivía en La Palmilla, un barrio marginal de esta ciudad.

Pero las raíces del desierto están muy presentes en la fraternidad de las hermanitas de Jesús, ¿no es cierto?
La comunidad de Touggourt fue la primera. Allí Magdeleine de Jesús construyó los fundamentos de la fraternidad con sus amigos musulmanes. Estamos muy marcadas por la cultura árabe del desierto, del silencio. Se trataba de vivir con los nómadas, compartiendo su estilo de vida. Pasados unos años se vio que esta misma espiritualidad se podía vivir en todas partes, siempre a base de hacerte cercana, para hacer un anuncio no explícito por la palabra, sino por la vida, como el hermano Carlos. Pero todas volvemos a este mundo de donde salimos, el mundo musulmán, el mundo del islam.

Últimamente se habla mucho del silencio entre nosotros. ¿Es una cuestión inherente a las personas? ¿es una moda?
Yo de pequeña venía aquí a jugar. Este monasterio para mí tenía mucho valor porque oigo en él la oración, el canto de los monjes que hace diez siglos cantaban y vivían aquí. Las piedras de lugares como este están impregnadas de la vida y la oración de estos hombres que se consagraron a la búsqueda de Dios. En Sant Ponç las piedras cantan. Aquí he aprendido a escuchar el silencio, a no tener miedo a estar sola, a pasear por estos lugares. He venido aquí para llorar, para leer, para estudiar, para pasear. He vivido muchos momentos de soledad, yo diría que es soledad habitada, porque nunca estás sola si escuchas tu silencio interior.
Creo que toda persona está también constituida y fundamentada en el silencio. Y por eso lo necesitamos para vivir. Y tal vez lo tenemos que recuperar. No veo que sea una moda, tal vez estamos dando nombre a lo que nos está pasando: que vivimos en este ruido ensordecedor que no nos deja existir y que no nos deja ser personas. Muchos de los problemas que tenemos son porque no hemos reencontrado este profundo silencio que nos habita y que nos posibilita. Venir a Sant Ponç me ayuda a reencontrar mi propio silencio. Y esto es un medio. Pero lo que nos posibilita la vida es nuestro silencio interior, al que, según lo que crees, según donde has crecido, le pones nombre. Diría que es una melodía, una luz. Para mí el silencio es este Dios trascendente que da sentido a mi vida. Aquí nos reencontramos todos.

Vosotras vivís el silencio en medio del ajetreo de la vida…
En general las condiciones en las que se vive en el monasterio, lo que tradicionalmente se denominaba vida contemplativa, no son las condiciones normales de un laico, de una familia, de un joven. Ser contemplativo en medio del mundo es lo esencial de toda vida cristiana.
La vida contemplativa es mirar la vida de una cierta manera, y solo se puede hacer si estás bien anclada en ti misma. En el corazón del silencio, vives de otra forma a pesar del ruido y de la vida ajetreada. Esta es la intuición. El desierto, el recogimiento, el silencio, los espacios, son necesarios para poder fortalecer esta presencia del silencio en ti, que te permite vivir de otra forma y pasear por la vida, no correr. Gozar, escuchar, mirar, en medio del trabajo, en la vida cotidiana.

¿La gente que está a vuestro alrededor puede captar esto?
Lo que la gente percibe cuando está con nosotros es la paz. ¿Por qué hay paz en casa? Porque en este ruido que nos puede aturdir, tú puedes vivir crispada, o tú puedes vivir con una cierta serenidad. Armónicamente contigo misma. Esto es lo que el otro percibe. Esto permite una comunicación, que se sientan acogidos, escuchados. El mundo necesita esto. Es necesario perder el tiempo, un tiempo que tiene un valor por el encuentro, y no por la eficiencia del hacer.
El punto de encuentro con mis hermanos es compartir la vida. El silencio te hace estar de una determinada manera, sin prisas, estando presente. Yo encuentro a Dios en esta presencia en el otro. Esto me potencia y me da vida. Con nuestros hermanos musulmanes, lo que nos hace sentir en comunión es esta amistad que vives en el día a día, que es puramente gratuita. No es para convertirnos uno al otro. Nos encontramos desde lo que somos, más que desde el silencio. Y somos el silencio que nos habita, habitados ambos por Dios. Dios es quien habla, quien me mueve, quien me da sentido. Creo que este espíritu también está en el otro, y esto va mucho más allá de la religión. Hay comunión con un respeto profundo en lo que cada uno cree. Cuando hay un encuentro de amistad, si caminas, con el tiempo acaba en amor. ¿Y qué es Dios si no el amor? Nos amamos y es lo que cuenta.

Tal como están las cosas, ¿no tenéis miedo?
Muchos de mis vecinos me preguntaban por qué había vuelto. Me parece que en este momento necesitamos decir que tú y yo podemos estar juntos, podemos tomar un té, nos podemos mirar a los ojos y no tener miedo. Vivo en una población donde solo somos cinco cristianos. Y no tenemos miedo, nos encontramos bien allí y nos respetamos y nos amamos. Siempre nos han acogido y siempre nos han ayudado. Solo por esto ya vale la pena.

Y la liturgia, ¿qué papel desempeña?
Es un camino de encuentro que hacemos desde la vida, desde lo más cotidiano y banal. Nos hace crecer, nos transforma, nos hace cambiar. Hacerlo en una comunidad pequeña permite reconocer mejor el misterio y la comunión profunda. En una asamblea donde la gente no se conoce cuesta más. Yo celebro en comunión, desde lo que soy y lo que vivo, aportando mi vida. Estaría bien que nos lo pudiéramos decir antes de empezar la celebración: Tú, ¿de dónde vienes, qué nos traes, qué te preocupa? Si nuestras celebraciones pudieran ser esto, la celebración de la vida de los que estamos en la asamblea cambiaría.
Dice la secuencia de Pentecostés que el huésped interior es el Espíritu, que nos habita. He ido muchas veces a la cárcel, porque muchos de mis vecinos han vivido momentos difíciles. Cuando tienes ante ti a una persona que sabes que ha cometido un delito grave, alguien me dijo que solo podrás mirarle a los ojos y amarlo si llegas a escuchar el padrenuestro que el Espíritu ora en él. Hacer el ejercicio de querer escuchar este padrenuestro que el Espíritu recita en el corazón de toda persona humana, por desastre que sea, es la misma búsqueda de escuchar el silencio y escucharte a ti misma sin miedo. Tengo grandes amigos que han hecho cosas terribles. La reacción natural sería alejarme de lo que han vivido, y yo lo vivo en profunda comunión y amor porque he podido reencontrar lo que hace el corazón de la persona. Toda la vida cristiana es esta: encontrar en el otro a este Jesús que se identifica con cualquiera, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho, crea lo que crea.

La entrevista a Rosaura se registró en su lengua materna que es el catalán y en la parte de descripción del vídeo están traducidas al castellano las ideas que nos transmite:

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